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Wednesday, 14 november 2012

Español

El verdadero significado de las elecciones catalanas

Las razones que yacen tras las elecciones del 25 de noviembre y lo que estas significan para Cataluña y el mundo
 
El 25 de noviembre, los catalanes están llamados a las urnas para elegir un nuevo gobierno autonómico, pero estas elecciones no son un episodio más de política autonómica. Muchas cosas dependen de estos resultados, y no sólo para Cataluña. Lo que decidan los catalanes, sea lo que sea, puede tener consecuencias de gran calado para la futura configuración del Estado español e incluso para su continuidad. Y también podría tener repercusiones significativas para el proyecto europeo.
 
Los medios de comunicación de todo el mundo han seguido los acontecimientos en Cataluña con creciente interés, especialmente desde la manifestación a favor de la independencia, el pasado 11 de septiembre. Ese día, un millón y medio de personas se manifestaron en Barcelona en una muestra de dignidad nacional y responsabilidad cívica (no se registró ni un solo incidente, ni se rompió ningún escaparate) y súbitamente el mundo prestó atención a un conflicto que no se caracteriza por la violencia ni por el terrorismo sino que se rige por la fuerza serena de una antigua nación.
  

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En Cataluña, la independencia no siempre ha sido la opción política preferida. Al final de la dictadura del general Franco, a mediados de los años setenta del siglo XX, la mayoría de catalanes esperaban poder encajar en el nuevo orden que se acababa de instalar en España. Desde entonces, no han dejado de contribuir a la prosperidad y estabilidad del Estado. Al mismo tiempo, y quizá en esto se equivocaron, han dedicado mucha energía intentando encontrar fórmulas para que su identidad nacional fuera reconocida sin salirse del marco español.
 
Una de esas tentativas fue la propuesta de revisión del Estatuto catalán de autogobierno, un proceso agotador que iniciaron varios partidos políticos ya en 2005. En 2010, cuando España rechazó todos los puntos fundamentales de aquella propuesta, muchos catalanes perdieron cualquier esperanza de llegar a un acuerdo sensato con el Estado. E incluso así, en verano de 2012, mientras el deseo de separarse de España ya se estaba generalizando, los dirigentes catalanes decidieron, a pesar de todo, hacer un último esfuerzo, proponiendo el anteproyecto de un nuevo “pacto fiscal”. Este pacto tenía la intención de corregir, al menos hasta cierto punto, el desequilibrio insostenible entre la contribución financiera que hace Cataluña al gobierno central y los escasos recursos que recibe a cambio. Precisamente, unos pocos días después de la manifestación del 11 de septiembre, Artur Mas, el presidente del gobierno catalán, llevó su plan a Madrid. El presidente español, Mariano Rajoy, desechó el plan con términos inequívocos, sin dejar espacio para la negociación y sin, ni tan siquiera, asomo de justificación. Estos dos hechos, acontecidos en una misma semana, hicieron que Artur Mas cambiara el enfoque de la cuestión. Decidió convocar elecciones anticipadas y dar al pueblo la posibilidad de ratificar en las urnas lo que en las calles de Barcelona se había expresado de forma tan clara.
 
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Sorprendentemente, si tenemos en cuenta que se tratan de unas elecciones en la Europa actual, el 25 de noviembre el tema central no será la economía, aunque las cuestiones económicas constituirán, seguro, una parte de la ecuación. Cataluña es una sociedad productiva y viable pero cuando llega el momento de gestionar las finanzas públicas, la administración catalana puede hacer muy poco con los instrumentos insuficientes de que está dotada y mientras el gobierno central conserve el control financiero de los impuestos que generan los catalanes. Con el modelo fiscal actual, lo único que harán las inversiones será disminuir, las infraestructuras que ya están saturadas se seguirán colapsando y los servicios básicos de salud, educación y bienestar social seguirán amenazados.
 
A pesar de ello, estos agravios económicos, indiscutiblemente reales, deberían situarse en el contexto de un descontento más general, que ha ido cocinándose a fuego lento, en relación a la vida política española. Del mismo modo que han llegado a la conclusión de que la actual situación política no puede garantizar la viabilidad económica de Cataluña, los catalanes sienten que no tienen futuro como pueblo mientras sigan supeditados a una entidad ineficaz que les absorbe la mayor parte de su fuerza. Además, a pesar de que el bienestar de España se sustenta en el trabajo y los impuestos de los catalanes, sistemáticamente se los califica de egoístas y desleales y se les obliga a soportar constantes ataques contra su lengua y cultura en nombre de los superiores valores españoles.
 
Últimamente, esta tendencia se ha intensificado. Desde que llegó al poder, el actual gobierno ha luchado para volver a imponer una uniformidad que es imposible. Se vuelven a aplicar con fuerza políticas de asimilación que se suponían cosa de la dictadura: algunos ministros del Gobierno y líderes del partido político que detenta el poder defienden abiertamente la necesidad de “españolizar” a los alumnos catalanes e inculcarles la gloria de una España con (sic) “tres mil años de historia”. Ello equivale a declarar que la identidad colectiva de los catalanes no tiene cabida en la España monolítica que ha diseñado el partido gobernante.
 
Los catalanes, sencillamente, están cansados de ver cómo a este respecto España no se ha movido ni un milímetro y continúa negando el carácter plurinacional del Estado; y cómo una vez y otra ha imposibilitado todas y cada una de las propuestas hechas desde Cataluña encaminadas a conseguir este reconocimiento. Para los catalanes, pues, se trata de encontrar una manera de sobrevivir como nación, incluso si ello significa empezar un camino que podría conducirles a separase del Estado. En consecuencia, en estas elecciones Artur Mas buscará una victoria clara que le permita, en un futuro muy próximo, convocar un referéndum para preguntar a los catalanes si quieren continuar siendo una región española o quieren constituir un nuevo estado de Europa.
 
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En las últimas semanas, los medios de comunicación internacionales han dedicado una gran atención a este tema, y muchos observadores extranjeros están haciendo un verdadero esfuerzo para comprender el punto de vista de los catalanes, para descubrir los motivos que hay detrás del conflicto y para explicarlo todo al mundo, sin prejuicios.
 
En Madrid, sin embargo, los creadores de opinión de los medios de comunicación estatales siguen malinterpretando y distorsionando la situación catalana. Después de la manifestación del 11 de septiembre y una vez superado el desconcierto inicial (que demuestra lo alejados que están de la realidad de la calle), tanto la mayoría de los partidos de la oposición como el partido en el poder optaron por una actitud de confrontación. Más allá de llamamientos generalizados a la responsabilidad de los líderes catalanes, la posición oficial del Gobierno ha consistido en negarle frontalmente, al pueblo catalán, el derecho a expresar su opinión, alegando que un referéndum sería ilegal según la Constitución española.
 
Desde otras instancias tampoco se han ofrecido otras proposiciones viables. En España, muy pocas voces han apoyado públicamente el derecho a decidir de los catalanes, o han denunciado la actitud antidemocrática del Gobierno. Han sido numerosos los que han guardado un silencio culpable. Otros han hecho las recurrentes y habituales declaraciones expresando la alta estima que sienten por el pueblo catalán, además de otras obviedades sobre las virtudes de la unidad y la solidaridad. Pero, en definitiva, han negado cualquier mérito a la posición catalana.
 
Es decir, todos (el Gobierno, la oposición y una buena parte de la sociedad española, cada uno a su manera) se niegan a reconocer que  las reivindicaciones catalanas podrían ser razonables. Por consiguiente, rechazan cualquier posibilidad de entablar un diálogo fructífero. Y es, precisamente, esta ceguera ancestral (no del todo desinteresada) ante la realidad catalana, lo que podría hacer que Cataluña se separara de España.
 
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La primera parte de esta contienda tendrá lugar el 25 de noviembre. Probablemente, la previsible y arrolladora victoria de los diversos partidos que defienden la celebración de un referéndum que pregunte por la independencia desatará un proceso que podría conducir a la creación de un nuevo estado de Europa. Cabe suponer que el bando español hará todo lo posible para que el proceso fracase. Europa y el mundo deberían observar muy de cerca los movimientos de cada cual porque ellos también se juegan mucho en este asunto. En última instancia, a todos les interesa asegurarse de que lo que decidan los catalanes de manera democrática, responsable y pacífica, sea lo que sea, será respetado por todo el mundo. Y entonces todos podrán beneficiarse de la contribución que puede hacer al mundo una Cataluña libre.

(Traducció de Noemí Salas a partir de l'original en anglès) 
  


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