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Monday, 10 june 2013 | Ara

Español

Recommended: "Los países pequeños..." (Carles Boix, diari ARA)

El 1 de junio de 2013, en el discurso de clausura de las XXIX jornadas del Círculo de Economía celebradas en Sitges (Barcelona), el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, declaró: “Para estar en Europa con fuerza se necesita ser grande. Los pequeños no cuentan. No cuentan nada".

El siguiente artículo es la traducción de la respuesta a estas declaraciones que hizo Carles Boix, profesor en la Universidad de Princeton, publicada en el periódico catalán Ara el 4 de junio de 2013.


"Los países pequeños..."

"Los países pequeños no cuentan nada". La frase del presidente español contiene tres errores. El primero, factual: España no es un país influyente. El segundo, estratégico: concede implícitamente (algo que no había ocurrido hasta ahora) que los países pequeños existen y son viables, aunque sea pudriéndose en algún rincón del mundo tan espantoso como los Alpes. El tercero, filosófico: el mundo que dibuja no es la suma de las acciones de ciudadanos, empresas y sociedad civil sino el resultado de las decisiones de los estados y de sus gobernantes.

La filosofía política del señor Rajoy es la de un antiliberal (en el sentido más antiguo y amplio de la palabra liberal, tan devaluada hoy en día). La del señor Lucena, por lo que acabo de leer, también. Para los antiliberales, que en la Europa moderna recibían el nombre de mercantilistas, el mundo es un juego en el que todo lo que ganan algunos países lo pierden los demás. El orden internacional es como un gran banquete, con un número fijo de platos, donde los invitados (los estados) utilizan los pies, los codos y, si fuera necesario, los puños para quedarse con la parte más grande del festín. Lo único que cuenta es el poder, la influencia y la violencia, física o verbal, porque son, en última instancia, los instrumentos que hay que tener y utilizar para crecer y tener más poder y más influencia.

La razón de estado lo determina todo. Si hay que invadir competencias, se hace. Si hay que transgredir o dejar de aplicar los contratos firmados con los vecinos, al estadista no le temblará la mano. Si hay que maquillar las cuentas del estado, vetar a estados reconocidos por la propia UE, forzar la construcción de un tren inútil por en medio de los Pirineos o aliarse con el diablo de turno, se hace sin sentir ni pizca de vergüenza. Por ello, en este sistema, lo importante es ser un estado que cuente. Lo peor es no contar nada porque primero dejas de engordarte y finalmente los vecinos te comen.

Naturalmente, la lógica estatista de puertas afuera tiene unos efectos lamentables de puertas adentro en el país. La razón de estado, siempre interpretada al servicio del que manda, acaba poniéndose al servicio de los amigos y de los clientes del estado: de los altos funcionarios, que saltan de empresa a dirección general y viceversa; de los banqueros, que tienen acceso directo al poder; de los presidentes de las empresas reguladas; de los políticos de aquellas regiones favoritas que nunca cuestionan el orden establecido. El estatismo no es más que la ley de la jungla, disfrazada de hermosas palabras y de apelaciones al interés general. El resultado es la ineficiencia y, a medio plazo, un ciclo constante de crisis políticas, económicas y presupuestarias. Históricamente, todo esto se resolvía con la expansión, la guerra, la captura de nuevas colonias y nuevos mercados. Hoy en día, sobre todo si se tiene el peso militar ínfimo de España, la única solución es la expulsión (vía emigración) de una parte de la población.

Aquella filosofía está en las antípodas de la concepción comercial, burguesa y liberal que hizo posible la revolución industrial europea. La revolución industrial es la prueba de que es posible hacer más grande el banquete para que puedan participar más personas. Ahora bien, para que ello sea posible, para que exista crecimiento, el estado tiene que desempeñar el papel de sirviente y no el de señor. Al estado le corresponde mantener el imperio de la ley, ser imparcial y dejar el máximo espacio a la sociedad civil. La élite que gobierna (transitoriamente, hasta nuevas elecciones) y la clase que produce deben someterse a un sistema inflexible de normas. El estado es secundario. Lo único que cuenta son las personas. Cuando los países son pequeños, es más fácil conseguirlo: la arrogancia del político español o del enarca francés no tiene espacio suficiente para desarrollarse en ellos. (La gracia de Alemania es que sus länder tienen capacidad suficiente para atar de pies y manos al gobierno federal. Aviso a federalistas catalanes: ello no pasará nunca en España porque las regiones peninsulares tienen un tejido político y social de poca monta.)

Los estados pequeños son también los mejores amigos y garantes de la UE, precisamente porque apenas cuentan y no tienen la capacidad de manipular las normas de la UE hasta enemistarse con todo el mundo. Al estatismo español le encanta la UE como fuente de recursos, de subsidios y de crédito barato. Ahora bien, como auténtico mecanismo regulador que asegure el derecho a la competencia y que desenmarañe los intríngulis de intereses entre estado central, empresas parapúblicas y banca, le da pánico.

Por todo ello, las ambigüedades del señor Duran y los brindis al sol federalista del señor Navarro me parecen incomprensibles. Hacen perder potencia y tiempo al país. Lo llevan a continuar bajo un estado rancio y peligroso. Juegan con el bienestar de los catalanes. El auténtico reformismo y la auténtica política económica procrecimiento pasan por apostar por un país al servicio de las personas y no bajo el control de funcionarios melancólicos, enjaulados en un pasado imperial apolillado.

Traducció: E. Bentanachs


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