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Wednesday, 26 august 2015 | Ñ CLARÍN

Español

Dos lenguas, una identidad

Patricia Gabancho, escritora y periodista, responde al artículo de Nuria Amat publicado el 1 de agosto en "Ñ" (Clarín)



Revista “Ñ” (Clarín) 

17-08-2015

PATRICIA GABANCHO

Me viene a la mente esta imagen: es un día de 1974 y estoy leyendo La Opinión, y ahí está publicada mi carta al director, mi primera pieza “periodística”. El cronista había escrito que Serrat “cantó en su dialecto catalán” y me daba pena ese error (“dialecto”) en un diario tan inteligente, aunque el crítico no tenía ninguna culpa porque la cultura catalana –de tradición milenaria, con unos formidables clásicos medievales– era y es invisible como suelen serlo las culturas sin Estado. Poco después me instalé a vivir en Barcelona: era una ciudad oscura, silenciosa, gris. La cartelera cultural cabía entera en media página de diario. La gente inquieta iba a Francia a comprar libros y discos, o a ver cine; a respirar, porque lo que circulaba en España estaba sometido a una férrea censura moral y política. Mandaba Franco, dictador hasta el último día y un poco más allá.

Esa ciudad castigada es la que Nuria Amat, y también Mario Vargas Llosa, describen como cosmopolita y brillante. Es cierto que en determinados círculos de intelectualidad el nivel era alto, pero estaba lejos de cualquier modernidad. Es cierto también que la cultura catalana empezaba a dejar las catacumbas. En los años 40, recién acabada la guerra española, si hablabas catalán en la calle recibías una multa, una denuncia o hasta una bofetada. La lengua fue prohibida en cualquier expresión pública. En los 70 ya tenía algún rinconcito folclórico en los medios de comunicación, pero seguía estando prohibida en la escuela o la universidad. Quiere decir que un escritor joven usaba una lengua que no había podido aprender académicamente, ni tampoco sus lectores. La nueva generación era autodidacta también en referentes.

Se había pasado de una casi totalidad de autores en catalán –antes de la guerra– a un porcentaje mínimo, porque era una carrera condenada a la no profesionalización. El mercado se había encogido. De hecho, si en los 60 se levantaron algunas prohibiciones fue porque ya se había consolidado un recambio en las estructuras de poder cultural, ahora consagradas a una nueva cultura en castellano. Poder y prestigio. Fue una sustitución planificada: en 1939 se desmantelaron las instituciones y se mandó al exilio a una generación de intelectuales, incluidos escritores y profesores y científicos. El panorama era desolador. Con un aliciente: la cultura resistió, la gente no renunció a hablar catalán con sus hijos, casi un milagro.

Con la democracia se reconstruyeron las instituciones y se estableció un equilibrio entre las dos culturas –los dos mercados– en una política que se llamó de “normalización”. El prestigio siguió estando del lado del castellano, protegido por el peso de la legislación; para empezar, es obligación saber castellano pero no lo es saber catalán. Detalles y jerarquías. Los crujidos de dientes aparecen ahora que hay un cambio de paradigma: la cultura en castellano ya no es el centro del poder o del prestigio en Cataluña porque el proyecto político en que se sustentaba (la España de las autonomías) ha caducado. No ha habido ni vetos –ni siquiera en Frankfurt– ni silencios. El mercado sigue repartido entre las dos lenguas, Barcelona es un centro de industria cultural en castellano. Sólo que el proyecto político que sacude y moviliza a la sociedad catalana ha dado otros referentes. Son cosas que pasan, y son cosas que cuesta digerir.

¿Eso vuelve aldeana a la sociedad catalana? ¿Somos poco cosmopolitas los porteños, allá encajados en el sur, en el fin del mundo? La pregunta no es pertinente porque el cosmopolitismo es una actitud, no depende ni de la lengua ni de la geografía. Nadie pretende renunciar a la lengua castellana, de ninguna manera. Pasa que el nervio de la sociedad, el proyecto hoy hegemónico, es otra cosa. Es un proyecto de libertad ofrecido a “todos los hombres / mujeres de buena voluntad” –¿les suena?– que quieran escuchar lo que esta sociedad tiene para decir. Sin prejuicios, si puede ser.

Gabancho es autora de “El fil secret de la història”; “A la intempèrie”, entre otros.


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