Col·lectiu Emma - Explaining Catalonia

Thursday, 2 may 2013

Español

Un futuro para los catalanes fuera de España

Se ha convertido en un tema recurrente para los políticos y los creadores de opinión españoles advertir a los catalanes sobre los males que recaerían sobre ellos si su nación siguiera el camino de la independencia. Alegan que ello significaría no solo desprenderse de España sino también de Europa y del mundo. Y los hundiría en un lodazal económico de una profundidad insondable y de una duración indefinida –cualquier transacción con España se terminaría, el nuevo país sería expulsado de la Unión Europea y no podría utilizar el euro, los negocios catalanes serían excluidos de los mercados de crédito, causando la quiebra de muchos de ellos, miles de trabajadores serían despedidos, la administración se bloquearía, los pensionistas dejarían de recibir sus cheques y los servicios públicos básicos se interrumpirían por falta de fondos.

España tiene razón en preocuparse ante la perspectiva de perder a su gallina de los huevos de oro, y es muy lógico que, entre otros expedientes, se recurra a una estrategia del miedo en un intento de hacer que los catalanes se lo piensen dos veces antes de escindirse. Pero esta línea también la ha adoptado y repetido la prensa internacional –sorprendentemente, dado que se podría pensar que ahora los observadores internacionales ya no estarían inclinados a aceptar todas las informaciones procedentes de fuentes españolas. Y aún más en esta cuestión, ya que no se ha dado ningún argumento de peso ni por parte de España ni, ciertamente, por expertos independientes que apoyen las predicciones de ruina. Más bien al contrario, todos los análisis fiables presentados hasta ahora tienden a indicar que los beneficios para Cataluña si se liberara del actual y destructivo acuerdo político terminarían teniendo más peso que la incertidumbre de un periodo de transición. *

Esta idea se ajusta con la convicción intuitiva que comparten muchos catalanes de que probablemente estarían mejor solos. Al fin y al cabo, las desgracias que se dice les esperan en su país independiente se parecen mucho a las que ya están viviendo como provincia española. Y la mayoría de ellas solo se producirían como resultado de acciones hostiles por parte de España.

De hecho este es el mensaje principal que llega desde Madrid: “No os atreváis a buscar la independencia o convertiremos vuestra vida en un infierno.” Es un procedimiento extraño para convencer a los ciudadanos de permanecer en el redil. Sobre todo porque no se ha presentado ninguna visión alternativa de todos los beneficios que tendrían finalmente los catalanes por el hecho de formar parte de España. Todo lo que saben es que se les pedirá que sigan haciendo una contribución infructuosa a un estado que fue mal concebido desde el principio y que, de todas formas, está condenado al fracaso.

***
 
Es comprensible la preocupación sobre la inestabilidad añadida que una apuesta catalana por la independencia podría suponer a Europa, y en el peor momento posible. En efecto, a menudo se equipara secesión con desestabilización, y a lo largo de la historia ha habido muchos ejemplos tristes que confirman esta visión. Pero no tiene que ser necesariamente así. En 1992, por ejemplo, el mundo casi no se dio cuenta de que eslovacos y checos acordaron seguir caminos separados. Veinte años después ni las partes interesadas ni nadie más parece lamentar aquella decisión, y no parece que haya afectado negativamente a nadie.

Algunos en Europa creen que un proceso de separación, por mas legítimo y pacífico que sea, es una complicación inoportuna que sienten que en este momento no se pueden permitir; también hay quien empieza a darse cuenta de que rescatar la economía española y apuntalar al estado será un reto tanto si los catalanes deciden quedarse o irse –en cualquier caso tendrán que tomarse medidas serias en España y un cínico podría argumentar que la salida de los catalanes seria una bendición disfrazada ya que ayudaría a precipitar lo que es inevitable. En este escenario, una actitud negativa por parte de España solo complicaría el proceso y demoraría un resultado satisfactorio.

Por otro lado, una separación amistosa, preferentemente bajo la supervisión internacional y con apoyo externo para ambas partes, sería bueno para todos los interesados. En particular porqué es dudoso que España pueda mantener una posición obstruccionista durante mucho tiempo sin perjudicar su propia economía y sus intereses políticos más que la perspectiva de una Cataluña libre. Tenemos un paralelismo reciente en los Balcanes donde, después de años de enojo improductivo, incluso la beligerante Serbia ha concluido un acuerdo con Kosovo llegando a un reconocimiento de facto del nuevo estatus soberano del país. De la misma manera que Serbia, España tiene mucho a perder oponiéndose a lo que es inevitable. Sería un error para España tomar una postura agresiva y sería un error para el mundo el hecho de tolerarlo.

Finalmente, Europa y el mundo reconocerán que –parafraseando las palabras del primer ministro británico David Cameron sobre Escocia –el pueblo de Cataluña no puede ser obligado a permanecer en España en contra de su voluntad. Si los catalanes así lo decidieran y cuando decidan instaurar su propia organización política, será del interés de todos dejar desplegar el proceso de la forma menos traumática posible, asegurando así que Cataluña pueda funcionar como un país normal y empezar a hacer su aportación al proyecto europeo sin demora injustificada.

*Esta aproximación superficial a la cuestión catalana se ejemplifica en un editorial del periódico The Times de Londres del 17 de abril de 2013. Ved [http://www.collectiuemma.cat/article/1607/recommended-reply-to-the-times] para una respuesta bien fundamentada. En la página web del Col•lectiu Wilson [http://www.wilson.cat/es/] se pueden encontrar una serie de escritos de varios expertos que dan una visión exhaustiva de la cuestión.

(Traducción de Ares Tuset a partir del original en inglés)


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